sábado, 29 de abril de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXV): A L M A G R O (Ciudad Real)

                                               
         Ancha es Castilla; pero mucho más ancha, más luminosa, más fértil, más infinita, lo es aún por estas llanuras manchegas donde el campo no tiene fin y los caminos se alargan en carrete­ras rectas que dan la impresión de no acabar nunca. Es difícil andar por tierras de la Mancha sin caer en los tópicos ni en los lugares comunes que la atenazan desde que Cervantes escribió “El Quijote” y que, para bien suyo, a pesar de su sol ardiente y de su inenarrable monotonía, o quizá por eso, se ha convertido en la más universal de las comarcas españolas.
         No es mal momento éste de principios de primavera para andar por la Mancha. Los agricultores de Herencia, de Pedromuñoz, de Puerto Lápice, de Valdepeñas, sueñan con aplicar la cuchilla a la cosecha de cereal en ciernes, mientras que los racimos, todavía en embrión, buscan acomodo bajo la cruz de las cepas. Cuarteles planos sembrados de girasol, de cebada, de olivar en las laderas suaves que a menudo dibuja el campo, de vid en los grandes espacios de majolar reservados para ello, y de tarde en tarde, los molinos de viento alineados a lo largo de las colinas. Esto es la Mancha, amigos. La llanura es inmensa. Tras los campos de vid, cruzados por caminos que acaban perdiéndose en la distancia, surgen otra vez los viñedos al pie del oterillo leve de olivar que ondula el horizonte; y abajo, salpicando los campos entre los majuelos y la barbechera, las casillas blancas de guardar los aperos durante la noche, de mantener el hato a la sombra hasta la hora de la comida. Luego, otra vez la carretera recta, la autovía, el ferrocarril, y siempre la inmensa plataforma manchega que las gentes de esta tierra saben cultivar como verdaderos maestros.
         Los pueblos de la Mancha son grandes; aparecen lejos unos de otros, aunque todos se dejan ver desde lo alto de los campana­rios. Por donde ahora voy, casi todos los pueblos tienen como sobrenombre el de la orden militar a la que pertenecieron, la de los calatravos: Calzada de Calatrava, Moral de Calatrava, Bolaños de Calatrava..., y a cuya cabecera, la histórica villa de Almagro, estamos a punto de llegar.
         Ya estamos en Almagro. Desde fuera de sus límites es ésta una ciudad manchega conocida por sus famosas berenjenas adereza­das, por la gracia y el arte sin par de sus encajes hechos a mano por expertas mujeres, y por la reliquia de su Corral de Comedias que es en su género único en el mundo. Son éstos, qué duda cabe, tres de los atractivos más importantes que tiene Almagro, pero no los únicos; pues cuando uno alcanza con toda la fuerza del sol los primeros edificios, y se pone la villa entera delante de los ojos, se da cuenta de que ante todo y sobre todo Almagro es una ciudad monumental, morada retrospectiva de una raza de hidalgos manchegos al estilo de don Alonso Quijano el bueno, cuyo recuerdo convertido en piedra heráldica sobre las fachadas de sus casonas y palacios -se aproxima al centenar-, dejando a un lado la media docena de iglesias y conventos memorables, además de la magnífica plaza acristalada que tanta fama le dio, muestra de la inimaginable diversidad del urbanismo español, en este caso con claras reminis­cencias nórdicas, debido, según me contaron, a los señores condes de Fuggfer, banqueros del emperador Carlos V, que desde el propia Almagro administraron las minas de mercurio de Almadén hace más de cuatro siglos.


         Bajo los soportales de la Plaza Mayor están abiertas al público las tiendas de objetos de regalo, donde se muestran, algunos de ellos colgados de las columnas de piedra, los finos encajes de manufactura local, los platos de cerámica, los más variados objetos que la habilidad de los hombres y mujeres de la Mancha han sido capaces de imaginar y de convertir en utensilio o pieza de adorno doblando el mimbre. En uno de los extremos de la plaza, como elemento ornamental ocupando el centro de un sombrío jardín, la estatua ecuestre del adelantado de Chile don Diego de Almagro, detalle evocador en el que sus paisanos no escatimaron medios.
         Pero vamos a perdernos sin un orden previsto desde la Plaza Mayor por las calles y por los vericuetos del lugar al amparo de los últimos soles del mes de abril; un sol que en los pueblos de la Mancha ya se deja sentir. Los escudos arrastran la sombra de sus relieves por el blanco encendido de las fachadas en los diferentes palacios. Las rejas vienen a ser a veces una original exposición de formas, trabajadas artísticamente en las viejas ferrerías manchegas, tal vez de la propia Almagro. Varias de las fachadas son todas ella una filigrana visual, un deleite para la vista y para la imaginación. Los palacios de los condes de Valparaíso, del señor marqués de Torremejía, de Rosales, la Casa del Prior, y otras casonas más en las que habitaron cuando la España Imperial otros tantos caballeros, son en Almagro el sello perdurable de sus grandezas ya idas. Algunas de estas fachadas manchegas encontraron réplica, cuando no sirvieron como punto de referencia, para bastantes edificios coloniales de la América descubierta por Colón, donde nombres sonoros de estas tierras tuvieron tanto que ver y que decir en asuntos de fundación y de primer urbanismo.

         Hace tiempo que anduve por Almagro. Los turistas se dejaban ver de forma esporádica y en muy pequeños grupos por las tiendas de souvenirs de la Plaza Mayor. A mediados de agosto, cuando allí tenga lugar otra nueva edición de los Festivales de Teatro Clásico, el pueblo se llenará de ellos. Cuando los turistas recorren el pueblo cámara en ristre, gafas de sol y sombrero de lona, se detienen ante la puerta del Corral de Comedias bajo los soportales de la plaza que suelen encontrar cerrado; luego se marchan hacia la iglesia tardogótica de la Madre de Dios; hacia la de San José de estilo jesuítico, muy cerca del antiguo colegio de la Compañía de Jesús; hacia la iglesia de San Agustín del siglo XVII, y hacia el convento de la Encarnación de monjas dominicas, para acabar la ruta, bien como clientes o como meros visitantes, en el de San Francisco, que después de una restaura­ción a fondo se convirtió en Parador Nacional de Turismo, uno de los más importantes establecimientos hoteleros de toda la región manchega. Hay visitantes que se acercan hasta la ermita de las Nieves, en las afueras, fundada por decisión testamentaria de don Alvaro de Bazán, famosa por ser una muestra extraordinaria de azulejería talaverana, y por la plaza de toros anexa al santuario con el cortijo del marqués de Santa Cruz en un mismo conjunto.
         Es tarde. El sol ha teñido de color sangre el horizonte y los tejados de Almagro. Los muros de cal viva reflejan la luz vespertina con resplandor de fuego. Las piedras de San Bartolomé y de la Madre de Dios parecen de oro viejo que acabará brillando por encima de las cúpulas. A medida que la tarde se va, la llanura manchega se adormece; aparecen las luces eléctricas en las esquinas de los pueblos, y se dejan ver al acercarse a ellos los letreros luminosos de los escaparates. Una ráfaga de viento sopla sobre las tierras llanas. Enseguida anochece.


martes, 11 de abril de 2017

ANDAR POR CASTILLA, (XXIV) T O R O (Zamora)


            Estas viejas ciudades castellanas, como a la que hoy acabo de llegar a media mañana, después de varias horas de viaje sin salirme ni un solo centímetro de la ancha Castilla, me merecen, en su conjunto y en particular cada una de ellas, el título de señoras porque realmente lo son. Toro, amigo lector, sin que haya perdido ni mucho menos el tren de la vida moderna, es una de esas ciudades; una de esa media docena de villas selectas que tanto han tenido que ver en la formación y consolidación del Reino de Castilla, y por extensión de España como país desde el tiempo de los Reyes Católicos, que haciendo uso inteligente del buen entendimiento, consiguieron unir por vías de matrimonio los dos grandes reinos existentes en la década fina del siglo XV, los de Casilla y Aragón, dando lugar en consecuencia a la nación única e indivisible de la que somos y nos sentimos ciudadanos.  Pudo ser aquí, y de hecho lo fue, donde se dio uno de los primeros pasos hacia la unidad nacional en la llamada Batalla de Toro; pues en estas vegas de uno y otro lado del caudaloso Duero, que tan gratamente nos sorprenden desde el que los torensanos conocen por El Espolón, a la altura de la Colegiata, se solventó el problema de Sucesión Castellana, a favor de la reina Isabel frente a los partidarios de coronar como soberana del reino a doña Juana, la que en la Historia se conoce por La Beltraneja, acontecimiento de singular relieve, del que tanto se ha hablado y tanto se ha escrito. En la villa de Toro, hijo de Enrique III el Doliente, y de doña Catalina de Lancaster, nació en el año 1405 el que después pasaría a ser Juan II de Castilla, un rey de escasa valía, al que sacó las castañas del fuego en su enfrentamiento contra los nobles castellanos, insaciables de poder, el condestable don Álvaro de Luna, a quien por capricho de su segunda mujer, la portuguesa Isabel de ojos azules, mandó degollar en la Plaza Mayor de Valladolid, estremecedor espectáculo público, que los castellanos contemplaron con verdadero horror. Su mayor mérito ante la Historia, al menos para mí que he procurado estudiar su vida con cierta profundidad, fue el de haber sido el padre de Isabel la Católica.
         Historia, monumentos, paisaje, son los tres aspectos que enaltecen a la ciudad de Toro, a los que hay que añadir un cuarto que da a toda la  comarca una importancia extraordinaria; me refiero al cultivo y elaboración de uno de los más acreditados vinos del país, con denominación de origen y con justa y merecida fama.
         Se sabe que esta villa fue una de las primeras que se plantearon el problema de su repoblación con mayor premura. Este hecho se fija en el año 899, y lo llevó a cabo el infante don García con gentes de las regiones vecinas: vascones, asturianos y navarros en su gran mayoría. Se refundó con el mismo nombre que todavía conserva, al parecer debido a una antiquísima estatua en piedra, que la ciudad guarda con veneración en una plazuela destacada, a la que la gente conoce por El verraco, figura de muy primitivo aspecto, pareja en su forma a los conocidos Toros de Guisando y también en su antigüedad, considerada como el principal icono de la ciudad.
         Desde las primeras décadas del siglo XII, Toro se convirtió, tal vez pos su situación estratégica, en un importante centro de poder no sólo en lo político, sino también en el aspecto religioso y militar, de ahí que entre sus monumentos más importantes destaque la iglesia colegiata de Santa María la Mayor, levantada durante la segunda mitad de aquel siglo. Una más de las joyas arquitectónicas del medievo, de las que puestos a distinguir, yo lo haría haciendo referencia al llamado Pórtico de la Majestad, comparable, al menos para mí y con cierta inclinación en su favor, con el famoso Pórtico de la Gloria de la catedral compostelana; si bien con la ventaja añadida de conservar en más que aceptable estado la pintura original sobre la piedra después de nueve siglos, debido a encontrarse en recinto cerrado, libre del efecto pernicioso, lento pero eficiente, de la intemperie. Algo grandioso y como tal único.
         Son varias en la ciudad de Toro las iglesias dignas de ser conocidas, de las que por haberlas visto y admirado, sólo me referiré a éstas: la del Santo Sepulcro, la de San Lorenzo, el monasterio de Santi Spíritu, y la de San Julián de los Casballeros. Los monumentos no de carácter religiosos, como es fácil suponer, también son abundantes: palacios, casonas señoriales, torres, miradores, y un monumental puente sobre la Vega del Duero, van marcando la fisonomía de la ciudad que, según alguien me contó, llegó a ostentar alguna vez la categoría de capital de provincia. Como símbolo urbanístico, no quiero pasar por alto la que en Toro se conoce como la Torre del Reloj, con cuatro cuerpos sobre arco al fondo de la Calle Mayor, en pleno centro de la ciudad. Se dice que en la construcción de la Torre del Reloj se empleó vino en lugar de agua para preparar la argamasa, con lo que se dan dos ideas a la vez: la abundancia de vino en toda la zona y la dificultad que en su tiempo debería suponer el subir hasta la ciudad el agua del Duero. “Si non e vero e ben trovato”, dirían los italianos.
    
     Y ahora, al hablar de Toro no puedo olvidar el hecho de hacer mención a la principal de sus producciones y, como consecuencia, a la más conocida de sus industrias: la del vino, ya apuntada antes. El cultivo de la vid le viene a toro y a toda su comarca desde tiempos anteriores a la romanización. El vino que le da fama es conocido desde muy antiguo no sólo en la Literatura -Góngora, Quevedo, Lope de Vega, y antes aún el Arcipreste de Hita, nos hablan de él-, sino también en la Historia, pues hay constancia de que en la expedición colombina que descubrió el Nuevo Mundo, no faltaba el prestigioso elixir de esta tierra. Derivados de este producto sin par, los frailes del convento de PP. Mercedarios elaboran licores muy reconocidos y variados. Será cosa de hacerles una vista si alguna vez pasas por esta ciudad zamorana, que estoy seguro te llegará a impresionar.
         Cuanto aquí se ha dicho, y otro tanto como todavía se podría decir de esta magnífica villa castellana, lo avala el hecho de que en el año 1963 se le otorgara de manera oficial el título de Conjunto Monumental histórico-artístico, pienso que sobradamente conocido. Como muy pocas ciudades y villas de nuestro país, Toro se nos ofrece como un importante reclamo para hacerle una visita si surge la ocasión. Yo lo he hecho en dos ocasiones, y estoy dispuesto a repetir llegado el momento.              

jueves, 23 de marzo de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXIII) UCLÉS "CAPUT ORDINIS" (Cuenca)


        
          No hace todavía demasiado tiempo que anduve por Uclés. Al atravesar las tierras de Cuenca por aquellos rápidos llanos de la autovía, la silueta estilizada del elegante monasterio invita a llegarse hasta sus muros. No sabría decir si la última en que lo hice, fue la tercera o la cuarta vez que he subido al leve altiplano que sirve de peana al severo edificio. En esta ocasión no he necesita­do guía. Uclés se hizo para ser visto, pero más todavía para sentirlo una vez que se conocen medianamente las principales vicisitudes del monasterio y de su entorno a lo largo de la Historia. Piedra callada a las puestas del sol, en unas horas en las que el arte acrecienta su dulzura, en un instante en el que el pasado vuelve a la vida con toda su balumba de impresiones, de nostalgias, de recuerdos.
         El elegante cenobio de a orillas del arroyo Bedija, aquel que alzado sobre un leve roquedal sirvió de cárcel a Quevedo y de sala de espera hacia la eternidad al más profundo de nuestros poetas del Renacimiento, Jorge Manrique, es uno de esos paraísos en los que el tiempo se detuvo y se durmió la Historia. Uclés, cabecera que fue de la Orden de Santiago y sede de sus comendadores y maestres durante décadas y siglos, se tuesta bajo el clemente sol de la primera Mancha a una hora escasa de automóvil desde el corazón de Madrid.

         No es el de Uclés, por mucho que los conquenses nos empeñemos en catalogarlo para nuestro uso como "El Escorial de la Mancha", uno de esos monasterios castellanos de raigambre, por lo menos como pieza destacada dentro del catálogo de los monumentos españoles en el mundo de la popularidad. Y no será ello porque le reste interés la calma de los campos de trigal que envuelven su paisaje; ni porque su pasado carezca de raíz asida con fuerza al núcleo mismo de los grandes acontecimien­tos de la Historia de España; ni porque al monumento como tal, le falten motivos para agradar por sí mismo a quienes lo ven, o por el mérito de tantos enseres y ornamentos de singular hechura que muestra en sus patios, en sus celdas, en sus salones... El monasterio de Uclés, amigo lector, lo tiene todo, hasta el amoratado color de sus piedras al caer de la tarde como enseña y memorial de un pasado sangran­te, luctuoso, violento, que malamente consiguen disimular las bellas formas arquitectónicas del XVI y de siglos posterio­res, que hacen de él una de las más sonoras maravillas de esta región.
         En el siglo XVI se comenzó a construir el monasterio sobre las ruinas de una vieja fortaleza medieval que en tiempo pasado fuera testigo de batallas memorables, como aquella que se dio durante el invierno del año 1108 en la que perdió la vida el joven infante don Sancho, hijo predilecto del rey Alfonso VI y de la princesa Zaida, en la que murieron además siete condes castellanos, y que los moros triunfadores dieron en llamar por esa misma razón de los "Siete Puercos", nombre que los comendado­res santiaguistas tornaron por el de la "Batalla de los Siete Condes", con el que habría de atravesar los umbrales de la Historia.
         Las formas recargadas que adornan con suntuosidad las portada principal del monasterio son una imagen antológica de lo que fue capaz de alcanzar el arte barroco por tierras de Castilla. En el patio interior, obra del siglo XVII, todo se ajusta en torno a su soberbio brocal de un pozo principesco con el escudo real como enseña. Treinta y seis son los arcos que cierran el patio interior, y otros tantos los ventanales que lo engalanan por encima de los arcos, uno por cada maestre de la Orden que pasaron por allí y de los que se tiene memoria.
         Hay quien dice que lo más valioso, o por lo menos lo más original que guarda en su interior el edificio, es la escalera regia, que sube desde la primera planta hasta el claustro alto en donde se alinean las aulas del Seminario y algunas dependen­cias administrativas del mismo. La escalera es todo un aconteci­miento que bien merece ocupar un sitio de honor en los anales de la arquitectura clásica, destacando los arcos laterales y la bifurcación tan peculiar que presenta a partir del segundo tramo.
         El refectorio lo emplean de comedor los seminaristas durante el curso. Se cubre con uno de los más bellos artesonados del siglo XVI que se conocen en España. Entornando el sublime juego de arabescos, aparecen a modo de cenefa lateral una serie de medallones con magníficos relieves en madera noble; son en total treinta y seis, y en ellos se adivinan los bustos de otros tantos maestres y priores santiaguistas entre los que se cuentan el Emperador Carlos I y el Condestable de Castilla don Álvaro de Luna, aquel que en vida se burló de la muerte, aparece aquí solo en su osamenta revestido con manto y corona propia de su condición.

         La iglesia -ignoro si acabada de restaurar- es la pieza más noble de todo el monasterio. Es obra de un conquense algo dejado al olvido, Francisco de Mora, discípulo predilecto de Herrera y hombre de confianza de su maestro durante las obras de El Escorial. Mide la iglesia, así consta, doscientos veintinueve pies de larga por cuarenta y dos de ancha. La cúpula que se alza sobre la vertical del crucero es obra magnífica de Antonio de Segura, de la que sale al exterior un orondo chapitel con vistoso bolón de cobre. Por debajo de las capillas laterales se da por seguro que yacen enterrados los restos del maestre don Rodrigo de Manrique, y los de su hijo Jorge, el autor de las Coplas, sin que se sepa el sitio exacto donde reposan sus huesos, lo que rodea su delicada personalidad de un mayor misterio. En una celda próxima al panteón de personalidades, ya casi en la sórdida cripta de los enterramientos de priores, obispos y otras dignidades de la Orden, estuvo preso durante medio año el más inspirado y ocurrente de los escritores barrocos de nuestra Literatura, don Francisco de Quevedo y Villegas, quien dio allí durante larga temporada con su carne mortal por haber dirigido, al parecer de una manera impía y desconsiderada, los dardos de su ingenio contra don Francisco de Acevedo, a la sazón arzobispo de Burgos. Esto ocurrió en la primera mitad del año 1621.

         De los tormentos y horrores sufridos por el pueblo de Uclés durante la Guerra de la Independencia -complemento inseparable de la historia del monasterio-, se podrá hablar llegado el momento en una segunda entrega.

lunes, 13 de febrero de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXII) COVARRUBIAS (Burgos)


         Castilla es ancha y diversa. Desde las montañas de Santander hasta Despeñaperros; desde los confines de la Manchuela en el bajo valle del Júcar hasta la Sierra de Gredos ya en los rayanos con la Extremadura, ancha es Castilla. La Castilla total, la que tantas veces y en tantas ocasiones dejó como marcado a fuego su nombre en las más célebres páginas de la Historia de España, es la que, con trabajo y paciencia, deseamos traer en pequeñas porciones a nuestros lectores con una periodicidad mensual probablemente. ¿Un homenaje a la tierra madre en toda su integridad...? Tal vez sí. ¿Un intento de recordar, o de dar a conocer lo que desde hace más de diez siglos fue el corazón de España...? Seguramente. ¿Un pretexto para viajar sin agobios por los lugares más entrañables de la vieja piel de toro...? De todo un poco.
         Andar por Castilla es algo muy serio. A Castilla -me dijo en cierta ocasión un conocido que no era de aquí- se la ama con pasión o se la aborrece. La oferta es amplia e interesante; cualquier sitio es bueno para quedarse allí, para hurgar en sus piedras, en las costumbres ya envueltas en ceniza de sus gentes, para hacer memoria sobre el propio escenario de un hecho importante que ya pasó, o para detenerse a mirar con los ojos de la cara y con los de la imaginación un paisaje en cuyos llanos se dio una batalla famosa, o el solitario pueblecito donde vino al mundo o acabó sus días un hombre famoso. Castilla está llena de motivos para celebrar.
        

        
           Iniciamos el recorrido hoy mismo. Lo hacemos con el orden y el respeto que esta tierra merece. Vamos a comenzar la andadura junto al sepulcro del conde Fernán González, el hombre que más hizo por la independencia de Castilla hace mil años cuando aún dependía de los reyes de León. Sus restos mortales descansan en el presbiterio de la colegiata de Covarrubias, allá por las vegas burgalesas del río Arlanza, donde se escribieron las páginas más antiguas de la historia de Castilla con cierta independencia, antes de que éstas se constituyesen en reino tras la victoria de los llanos de Tamarón, donde Fernando I derrotó a Vermudo III de León, con lo cual Castilla se inserta bajo corona en la vida política de la España Medieval a mediados del siglo XI. Pero antes, casi cien años antes, fue el conde Fernán González quien había dado el empujón definitivo a la autonomía castellana, lo que vino a proporcionarle por los siglos de los siglos carácter y personalidad propios, quedando de aquella manera ante la Historia como fundador o padre de esta inmensa región tan cargada de glorias pasadas, y ahora, ¡vaya por Dios!, de añoranzas y de abandonos a la sombra de tantas piedras, de tantos monumentos, de tantos sarcófagos nobilísimos, como es ejemplo señero el que en este momento, en la penumbra del presbiterio de San Cosme y San Damián de Covarrubias, tengo delante de los ojos: «AQUI YACEN LOS RESTOS MORTALES DE FERNAN GONZALEZ SOBERANO DE CASTILLA TRASLADADOS EN ESTE SU SEPULCRO DESDE EL EX MONASTERIO DE S.PEDRO DE ARLANZA A ESTA YNSIGNE REAL YGLESIA COLEGIAL EN 14 DE FEBRERO DE 1841». Junto a él, en un sepulcro hispanorromano del siglo IV, mucho más afiligranado y lujoso que el suyo, está el de su mujer, doña Sancha, traídos ambos del monasterio de San Pedro Arlanza donde se encontraban desde el día de su enterramiento, a consecuencia del despojo que llevó consigo la Desamortización. Las distintas capillas de la iglesia se encuentran repletas de sepulcros de infantas y de abadesas, bajo sus bellas estatuas yacentes de alabastro.

         En la plaza de doña Urraca aparece, macizo y acastillado el torreón que dicen de Fernán González, obra de a finales del siglo X y rodeado de matacanes en la parte alta. Una leyenda cuenta que en su interior fue emparedada y muerta una condesa llamada doña Urraca, tal vez hermana del conde García Fernández y viuda de Ordoño III. Resulta francamente evocadora esta plaza de la Covarrubias histórica y monumental, la agracia el crucero de piedra antigua que se alza en mitad y el portón en ojiva que más tarde le añadieron en la muralla.
         El Arco del Archivo del Adelantamiento de Castilla queda como fondo a una calle céntrica y muy transitada, al otro lado de la plaza de doña Sancha. El Arco del Archivo es obra renacen­tista, magnífica en prestancia y en ornamentación, levantado por orden de Felipe II en 1575, bajo proyecto de Juan de Herrera y ejecución del maestro Juan de Vallejo.
         Como casi todas las ciudades históricas, Covarrubias muestra al visitante infinidad de tiendecitas en sus calles, pequeños zocos donde se venden piezas de artesanía como recuerdo pensando en el turismo. En verano es un chorreo constante de forasteros el que pasa por allí. Los preparativos hosteleros son los adecuados, y la oferta a los ojos del visitante cumplida y original. Sus calles -siglos después de aquellas pasadas glorias- siguen siendo un ejemplo de la arquitectura popular castellana del XVI, que ha llegado hasta nosotros cuidada y uniforme. Viviendas blasonadas muchas de ellas, de paredes blancas con entramado, donde cuenta la vieja estructura de palitroques y adobe revestido con aleros oscuros y saledizos.



         Hay al salir un puente de piedra sobre el río Arlanza, que sirve de viaducto para tomar la carretera que al cabo de unos minutos de automóvil, con un pequeño puerto de cuestas y curvas de por medio entre ruda vegetación boscosa, pone al viajero en las inmediaciones de Silos, el monasterio del famoso ciprés y del canto gregoriano en pura esencia, que algún día deberemos visitar detenidamente, al menos por lo que en lejanos tiempos tuvo que ver con los inicios de la lengua castellana, y como contrapunto a éste otro de San Pedro de Arlanza, a diez o doce kilómetros de distancia desde Covarrubias, alzadas hoy sus ruinas sobre un bello paraje a la vera del río donde el conde Fernán González pidió ser enterrado; homenaje a una de las leyes más descabella­das y crueles que a veces imponen los poderosos para su cumpli­miento, y que supuso el expolio de gran parte de nuestro patrimonio artístico y cultural que se perdió para siempre, de lo que Castilla está sembrada de muestras venerables. A pesar de todo, antiguo e imponente, todavía se deja sentir por estos lugares el latido rítmico y lejano del corazón de España.               

viernes, 6 de enero de 2017

ANDAR POR CASTILLA (XXI): PASTRANA (Guadalajara)


                                         (A mi hijo José Antonio, pastranero de por vida)

     Señora y bien señora lo es de las Alcarrias. Pastrana. La Villa de los Duques; la que se introdujo en las páginas de la Historia enmarcada por dos nombres de mujer: Ana y Teresa. Aún recuerda Pastrana en la encrucijada de calles cuestudas por cualquiera de sus barrios, aquellos tiempos viejos como ella misma, en los que se vieron envueltos, dentro del complicado juego de la vida diaria, hombres y mujeres de distinta procedencia, de diferente credo, de raza dispar, todos con un empeño común, el de engrandecer la villa al amparo de sus señores duques.
            Ana y Teresa. Ana de Mendoza, la de Éboli, un carácter de bronce irresistible, una mujer marcada que había nacido para sembrar la discordia por donde pisaran sus pies y, sobre todo, para sufrir, para ser víctima de las circunstancias y de su personal manera de ser desde que fue niña. Y Teresa de Jesús, la Teresona de Ávila, demasiada Teresa para ser mujer y para ser santa; maestra de espiritualidad donde las haya, insigne doctora de la Iglesia, renovadora eficiente de la Orden del Carmelo, fémina inquieta y andariega, y mujer de Dios sobre todas las cosas. La sombra de estas dos damas, a las que la casualidad decidió enfrentar, precisamente aquí, se mece día y noche sobre Pastrana como latido de su cansado corazón de Señora de la Alcarria.
            Por las angostas calles de Pastrana se respira al andar los añosos aires de la España del Renacimioento. “Pastrana recuerda, de una manera imprecisa, a Toledo, y algunas veces a Santiago de Compostela” escribió como impresión de urgencia C. J. Cela. Son tres, contados y diferentes, los barrios que recuerdan al visitante la vida española del siglo XVI, tal como en realidad lo fue o tal como nosotros nos la imaginamos: Albaicín, Palacio, y el viejo barrio cristiano de San Francisco, que tiene como enseña la ingente fábrica de la Colegiata.
            En el barrio de Palacio, queda abierta al mediodía, a todos los soles de la Alcarria, la “Plaza de la Hora”, con solo tres caras y una potente barbacana que sirve de balcón a la vega del Arlés, la vega de las huertas, de los granados y de los laureles. El nombre -lo saben bien las gentes de aquí- le viene dado por haber sido una hora cada día el tiempo que a la desdichada princesa se le permitió contemplar el mundo a través de una reja que asoma por una de las torres, y así durante los largos años de prisión que cerraron su vida en su propio palacio, y que hubo de cumplir inexcusablemente por mandato expreso del rey Felipe II.

            El Albaicín, como es fácil de adivinar por su nombre, fue el barrio morisco, en el que residieron los granadinos traídos por los Primeros Duques para instalar en Pastrana la industria de la seda. Era éste del Albaiciín el barrio de los tejedores y de los artesanos, cuya producción hasta bien entrado el siglo XVIII gozó de justa nombradía en los mercados de toda la Península y de Ultramar. No faltan quienes aseguran que “Las Hilanderas” de Velázquez representan un telar del barrio morisco de Pastrana. El Albaicín se encuentra separado del resto de la villa por la carretera que baja hacia la vega. Al volver de una curva, con su galana faz de sillería orientada al saliente, se encuentras la recia mansión de la Casa de Moratín. El autor de “La Comedia nueva” pasó largas temporadas en Pastrana. Su abuela paterna, doña Inés González Cordón, dama bellísima e hija de humildes labradores, era natural de Pastrana. Se dice que Leandro Fernández de Moratín escribió en esta su casa de la Alcarria “La Mojigata” y una buena parte del “Sí de las Niñas”. Razones éstas muy posibles pero que, como tantas cosas, no es fácil demostrar.
            En el barrio de San Francisco destaca como principal monumento la iglesia Colegiata. Es el barrio con más sabor antiguo que tiene la villa. Muy cerca de la plazuela de la Colegiata se encuentra la de los “Cuatro Caños”, nombre que le presta una fuente en forma de copa estriada de la que penden cuatro chorros, sobre un pilón octogonal de piedra labrada, construido en 1588. Cuenta la tradición que en una de las viviendas que sirven de entorno a esta plaza, recoleta y popular, habitó durante algún tiempo la reina doña Berenguel de Castilla, madre del rey Fernando III el Santo.
            Después callejones perdidos en plena cuesta, aleros que casi se dan mano, dejando entre su oscuro maderamen un estrecho firlacho de luz por el que se advierte el cielo de la Alcarria, sin permitir que el sol bese las piedras del suelo. Esquinas faroladas, o con la señal acaso de candilejas que alumbraron las noches de otros siglos, alguna cruz de madera ennegrecida, o nicho sombrío que los antiguos colocaron a devoción, como protector de sus vidas y de sus hogares, con la imagen de algún bienaventurado. En la calle de La Palma, aflora en su portada de dovelas la Casa de la Inquisición, en la del Heruelo la Casa de los Canónigos, y algo más arriba la del Deán, mientras que el Callejón del Toro desciende como encajado desde los barrios altos a desembocar junto al Palacio en la Plaza de la Hora.

            Aguas abajo del río Arlés, o camino delante de la calle de Santa Teresa -“La Castellana” le llaman aquí-, como a un kilómetro de distancia de las últimas casas, en plena vega, uno se encuentra con el complejo conventual de lo que hasta hace medio siglo fue Seminario de Padres Franciscanos y hoy hostería. Todo son por allí recuerdos de sus ilustres moradores de otro tiempo cuya señal todavía prevalece. Es interesante, y muy completo, el museo de pintura de los frailes; evocadoras las cuevas y las ermitas de la huerta, recuerdo vivo del pasar por estos lugares de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz, y de los primeros carmelitas descalzos con los que se llevó a cabo la fundación. Desde los alrededores del convento, las vistas son diferentes hacia una y otra vega. Se ha dicho, y es materia de fe para los hijos de esta villa, que por aquellos altos de cara a la vega, se inspiró San Juan de la Cruz y llevó al papel muchos de sus mejores versos:

“Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de su hermosura.”

            Pero Pastrana no es sólo eso. A la par de su riqueza artística y monumental, documental y artesana, está la villa del confort, de la comodidad y de las nuevas maneras de vivir. Ahí quedan para demostrarlo las diversas y estupendas construcciones de los últimos tiempos, los chalés que salpican sus alrededores, las instalaciones deportivas de última hora, el boom cultural en tantas de sus manifestaciones, el hecho en sí de haber sabido despertar perdidas tradiciones como contribución a esa Pastrana total, a la Pastrana grande.
            Se ha hecho famosa, a pulso y por mérito propio, la Feria Apícola Internacional del mes de abril. Media docena de años fueron suficientes para lanzar el interés de la feria más allá de los límites del municipio, de la provincia, y de tantas regiones de España. Un mérito sobre el que los pastraneros, agobiados en apariencia por el peso de la Historia, por la ramplona condición de su campo -hecha la debida excepción de la vega-, se deben de sentir protagonistas.

            Me quedo junto a la barra de un bar en la Plaza de la Hora con la fachada del Palacio de los Duques como testigo, después de haber rendido la debida pleitesía al enterramiento de los de Éboli en la cripta de la Colegiata, y de haberme encontrado una vez con sus famosos “Tapices” de Alfonso V de Portugal, en su nueva e ideal instalación. Tomo un vaso de cerveza y pienso en Pastrana. Hay mucha historia escondida entre sus piedras, mucho arte recogido y muchos enseres personales de célebres personajes en el “Museo”. Muchos hijos de la villa a los que referirse -al pintor Maino, por ejemplo-, a cuya memoria, a manera de lección magistral, prefiero seguir atento. Pastrana, amigo lector, es un mundo aparte, un mundo que conviene conocer.

martes, 27 de diciembre de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XX) L E R M A (Burgos)

        
         El haber sido durante veinte años (de 1598 a 1618) la capital del Estado más poderoso de la Tierra, adorna a esta bellísima villa burgalesa de una importancia histórica que rara vez se le suele dar. A esa misma situación con la que la Historia quiso marcarla a partir del siglo XVII, se debe añadir el poso que dejó sobre ella para la posteridad la tal circunstancia, y que ha llegado hasta nosotros en una docena de monumentos que la España turística de los últimos cincuenta años ha dado en descubrir y en dedicarle el interés y la importancia que merece.
         Fue don Francisco de Rojas y Sandoval, más conocido en los primeros tiempos de la llamada decadencia española como el Duque de Lerma, su verdadero impulsor; digamos que algo así como el creador y padre de la villa moderna, de esta villa situada sobre una colina que domina el valle del Arlanza, y de la que todavía no he conseguido sacudir del paño de mis re­cuerdos la gratísima impresión que me produjo. Diría que el español medio, abierto más o menos al arte y a la historia de nuestro país, es deudor de un detalle de reconocimiento y desagravio con la villa de Lerma. La gente suele (solemos) hacer un giro a sus mismos pies, y dejarla a un lado como hito en el camino, cuando viaja por la ancha Castilla hacia aque­llos otros motivos de atracción que la comarca esconde por allí, algo más adelante. A Silos y a Covarrubias me refiero; sobre cuyo interés pensando en el visitante resulta innecesa­rio insistir.
                   Lerma -chapiteles, pináculos, espadañas al aire de sus conventos e iglesias- se está dando a conocer con todos los méritos del mundo. Durante los meses de verano, sobre todo, es un deambular constante de turistas -españoles en su inmensa mayoría- los que andan por allí recorriendo sus calles, los que se sorprenden a diario ante aquel rosario de monumentos, de nombres famosos de personajes que pasaron por allí y que cualquier rincón nos mueve a recordar; de gentes que vienen y van, que compran baratijas de recuerdo en sus establecimien­tos, que almuerzan en la media docena de restaurantes abiertos al público durante los últimos años a la vista del despertar masivo de gentes interesadas por entrar, con los ojos y con el corazón, en aquellos lugares, casi míticos, que a poco les suena como un rescoldo de los viejos textos de bachiller, a punto de apagarse en los pliegues de la memoria.


         Lerma -chapiteles, pináculos, espadañas al aire de sus conventos e iglesias- se está dando a conocer con todos los méritos del mundo. Durante los meses de verano, sobre todo, es un deambular constante de turistas -españoles en su inmensa mayoría- los que andan por allí recorriendo sus calles, los que se sorprenden a diario ante aquel rosario de monumentos, de nombres famosos de personajes que pasaron por allí y que cualquier rincón nos mueve a recordar; de gentes que vienen y van, que compran baratijas de recuerdo en sus establecimien­tos, que almuerzan en la media docena de restaurantes abiertos al público durante los últimos años a la vista del despertar masivo de gentes interesadas por entrar, con los ojos y con el corazón, en aquellos lugares, casi míticos, que a poco les suena como un rescoldo de los viejos textos de bachiller, a punto de apagarse en los pliegues de la memoria.
         Hemos llegado a Lerma a media mañana. La parte nueva de la villa, que coincide con ambos arcenes de la carretera que nos introduce, está dedicada de manera casi exclusiva al servicio del turista. Es allí donde se han ido instalando, uno a continuación de otro, los restaurantes, con sus toldos y veladores sobre la acera. Arriba destaca el solemne torreón, al gusto herreriano, de la colegial de San Pedro, el más llamativo a primera vista de los legados que el Duque dejó como recuerdo a la villa que fue cabecera de su casa y terri­torios.
         Se sube hacia la ciudad vieja bajo un arco inmenso, situado entre dos cubos de torreón cilíndricos que fueron puerta de acceso a la primitiva villa medieval y luego sirvie­ron de cárcel. Al instante el barrio antiguo, anterior al Lerma ducal del siglo XVII, donde quedan, entre otras, la calle de José Zorrilla, en la que tuvo casa propia el célebre poeta romántico autor del Tenorio y que todavía se conserva. Cuenta la villa -no podía ser menos- con su buen nombre y tratamiento distinguido en la literatura española del Siglo de Oro, el siglo del Duque. La escogió Lope de Vega como escena­rio para una de sus obras más recordadas: "La burgalesa de Lerma", en la que reconoce a la villa de su tiempo con el apelativo de La Galana.
         Pero sigamos calles arriba. La Plaza de Santa Clara, en la que se encuentra el convento de religiosas franciscanas Clarisas, es casi toda ella un cuidado jardín que tiene en mitad, no como en otras partes el monumento a su memoria, sino la tumba de don Jerónimo Merino Cob, el “Cura Merino”, famoso guerrillero de la Guerra de la Independencia contra la france­sada, cuyos restos mortales se guardan allí protegidos por rejas, desde la primavera del año 1968. Al fondo de esa misma plaza, los arcos del pasadizo volandero que sirve de mirador (espectacular visión) sobre la ancha vega del Arlanza.



         No lejos de la Plaza Mayor, cuadrada, extensa, soportala­da en una de sus cuatro caras, con el palacio ducal como motivo de fondo. La Plaza Mayor, como había de ser la Plaza Ducal de todo un estado, se trazó y se construyó a gusto del Duque. El palacio anda por estas fechas en obras de restaura­ción. Quieren devolverle toda la prestancia y la elegancia primitiva que le dio don Francisco de Rojas Carvajal cuando fue valido del rey Felipe III. Domina la fachada del palacio la plaza entera. La superficie total del edificio supera los tres mil metros cuadrados, y de lo que pudo ser su interior nos dan idea las doscientas diez ventanas y los treinta y cinco balcones exteriores que tuvo. Los escudos de armas de Sandoval y Rojas figuran en lugar preferente sobre la portona principal del edificio; también en tantos muros nobles de iglesias y conventos repartidos por todo el casco antiguo de la villa. Fue erigido el palacio entre los años 1601 y 1617 por Francisco de Mora, sobre el solar de un castillo en rui­nas.

         Es mucho más, y todo ello digno de ser visto, lo que ofrece al visitante la villa de Lerma. Por supuesto damos que esta especie de crónica viajera no pretende ser una guía de turismo, ni siquiera una invitación interesada a nuestros lectores para que tomen su vehículo y se pasen por allí; no. Creo, más bien, que estas tierras nuestras -y en ellas se incluye de manera muy especial todo el centro de España- fueron médula de nuestra historia común, y hoy, querámoslo o no, las vemos un poco echadas al olvido por parte de todos; más en lo que se refiere al medio rural por toda Castilla. Y la tenemos ahí, galana y magnífica, como la propia Lerma, como Pastrana, como Medinaceli, o Chinchón, o Campo de Criptana, o Arévalo, o Belmonte, cuentas de ese rosario interminable de pueblos y villas castellanas en las que (la frase suena a pensamiento del noventa y ocho) uno siente latir, vivo pero cansado, el corazón de España.

jueves, 8 de diciembre de 2016

ANDAR POR CASTILLA (XIX): LOECHES (Madrid)


       
  No está Loeches tan lejos de nosotros como para que, al menos para mí, haya sido hasta hoy una villa desconocida. Había pasado muchas veces por sus orillas, cruzando desde Alcalá de Henares a la Nacional III por Arganda, pero jamás saqué un minuto de tiempo para conocerla, para andar por ella.
         Loeches es pueblo de paso por su situación, asentado en un terreno árido y de poca fortuna. Después de haber estado en él, pienso además que es un pueblo adormilado, escondido un poco en el refugio de su propia identidad como el buen paño, pero que, también como el buen paño, corre el riesgo de su deterioro por inacción, por falta de ese oxígeno vitalizador que necesitan las cosas, y que deben tomar, claro está, con la debida cautela y en dosis justas.
         La villa de Loeches es un lugar de contrastes: calles planas y cuestudas; viviendas cómodas de moderna estampa y recias casonas encaladas de primeros del siglo XX; viejitas silenciosas sentadas a la sombra de los portales y niños que gritan al sol y corren en bicicleta; pueblo y ciudad; el hoy y el ayer sobre un mismo tapete; balcones floreados de colorines y paredones roídos sosteniendo algún escudo de piedra; terraza de bar y chapitel de monasterio.
         Acabamos de estrenar el otoño y en Loeches aún hace calor. El hombre del quiosco, bajito él y de escueto parlamento, me ha dicho que no tiene postales para vender, que vaya al estanco.
         -¿Y dónde es el estanco?
         -Allí.

         El allí del hombre del estanco está justo al otro lado de la plaza. La señora del estanco es más expresiva, más servicial, más amable. Se nota que la señora del estanco está acostumbrada a tratar con el público y a que le pregunten qué es lo más interesante que tiene el pueblo.
         -El convento. Lo más interesante que hay en Loeches es el convento. Mucha gente viene a verlo aposta desde muy lejos. No siempre se puede ver, porque las monjas son de clausura y la mujer que lo enseña no tiene un horario fijo. A veces hay que avisarle para que suba.
         -¿Queda cerca de aquí?
         -Sí; aquí no hay nada lejos. Pueden ir en coche; y a pie subiendo por aquellas calles de enfrente. Enseguida se ve la torre.
         Efectivamente, desde la plaza de Loeches, se llega en seguida al convento de Dominicas, cuyo majestuoso chapitel plomizo se alcanza a ver muy pronto, apenas subir las primeras calles. Luego es el sentido común el que te va acercando hasta el sorprendente edificio barroco, copia exacta o reproducción, por lo menos en la fachada, del convento de la Encarnación de Madrid, obra maestra, como tantas más que aún testifican su calidad de magnífico arquitecto, de Juan Gómez de Mora y de su discípulo Alonso Carbonell.
         Este bello monumento que tengo frente a mí, y al que procuraré entrar si me fuera posible, lo fundó don Gaspar de Guzmán y Pimentel, valido de Felipe IV, y su esposa doña Inés de Zúñiga, condeduques de Olivares, duques de San Lucar la Mayor, de Medina de las Torres y marqueses de Eliche. Lo mandó edificar para su propio enterramiento y para el de los suyos, y quiso que fuera regentado por Dominicas por ser don Gaspar descendiente de  Santo Domingo.
         Un largo corredor acolumnado nos lleva hasta la estancia sombría y silenciosa en la que se encuentra el torno de las religiosas. A través del torno, las madres sirven postales, recuerdos y cajitas de golosinas o repostería conventual en cuyo arte son maestras.
         -Fotografías no se pueden hacer en el panteón. Los señores duques lo tienen prohibido.
         Los fundadores colmaron el convento y el palacio anexo de pinturas extraordinarias de Rubens, de Tiziano, de Tintoretto y no sé de cuántas maravillas más que ahora son historia. Se las llevaron los franceses cuando la Guerra e la Independencia con un enorme cargamento de candelabros de plata, de orfebrería y de ornamentos sagrados. Los lienzos de Rubens han sido sustituidos por frescos, bellísimos también, de Fernando Calderón, sobre los motivos religiosos que representaban aquellos robados y de cuyo paradero nadie sabe nada.

         La casa de Olivares pasó a ser panteón de la casa de Alba tras el matrimonio de don Francisco Álvarez de Toledo, décimo duque, con doña Catalina de Haro y Guzmán, duquesa de Olivares. El nuevo panteón ocupa parte del antiguo palacio; lo mandó construir en memoria de sus padres el decimoséptimo duque, don Jacobo Fitz-Stuart y Falcó, y asistió a la primera misa la Emperatriz Eugenia de Montijo. Se trata de una sala poligonal, simétrica, de gran capacidad, con friso, cúpula, y ventanales con vistosas vidrieras de color azul. Allí está enterrado el Condedu­que de Olivares y su esposa doña Inés de Zúñiga, en un enterra­miento discreto y vertical. El panteón guarda cierta semejanza con el de los Reyes de El Escorial y con el maltrecho de los Mendoza en el antiguo convento de San Francisco de Guadalajara. Pero conviene anotar que el mausoleo principal, el más vistoso e importante de todo el panteón es el de doña Francisca de Montijo, esposa del decimoquinto duque de Alba, con bellísima estatua yacente sobre el túmulo, para la que posó su propia hermana, nada menos que la Emperatriz Eugenia. Es obra, según me contaron, del escultor inglés Juan Bautista Clésinger, a la sazón yerno de la escritora George Sand, la amante y compañera en su retiro balear del músico Federico Chopín.
         El convento de las M.M..Dominicas de Loeches está desprovisto de su antiguo tesoro, de las muchas y valiosas riquezas con las que lo dotaron sus fundadores. Dijo de él Marañón que su verdadero tesoro todavía prevalece y que jamás le podrá ser arrebatado, el tesoro de su Historia. Sí, el recuerdo desvaído del pasado entre aquellos magníficos salones que se encargan de cuidar unas cuantas religiosas apartadas del mundo; a la espera de servir de urna sepulcral a los miembros de la noble familia de los de Alba, donde la tierra caliza de aquellos campos desangelados les aguarda como sala de espera a la eternidad.
         Merece la pena darse un paseo hasta Loeches. Un pueblo activo de nuestros contornos en el que, como de lo antedicho puede deducirse, siempre hay algo que ver.